lunes, 28 de mayo de 2012
jueves, 24 de mayo de 2012
domingo, 20 de mayo de 2012
La música de Eleni Karaindrou
En Cuervo TV la música de la excepcional compositora griega Eleni Karaindrou www.worldtv.com/cuervo_tv
martes, 15 de mayo de 2012
Adios a un intelectual fuera de serie
El escritor mexicano Carlos Fuentes, fallecido a los 83 años, fue un intelectual extraordinario.
Este escritor cuestionó durante toda su vida a su país, México, por ser incapaz de construir una democracia más auténtica y, desde la literatura, encaminó la narrativa en lengua española hacia la modernidad.Crítico del nacionalismo oficial mexicano, cosmopolita, Fuentes (Ciudad de Panamá, 1928) ejerció una notable crítica contra su país, en particular invocando una y otra vez su incapacidad para convertirse en una sociedad moderna. Además, se empeñó en desvelar los misterios del alma mexicana.
Su concepción de la lengua era que la misma era "como un río caudaloso a veces, apenas un arroyo otras, pero siempre dueño de un cauce (...), toda una profusa corriente de oralidad que corre entre dos riberas: la memoria y la imaginación".
Amante del idioma en que escribía, llegó a decir que su lucha por conservar el español duró toda su niñez, pues estuvo "a punto de perder su idioma nativo cada 24 horas". "El idioma quería decir para mí nacionalidad: era un conjunto opresivo de significados sujetos siempre a lucha, a reconquista", apuntó.
Considerado el fundador de la novela modernista en México, el intelectual cursó estudios superiores en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y en el Instituto de Altos Estudios Internacionales de Ginebra (Suiza).
Fue desde muy joven cuando su valía literaria comenzó a sobresalir y a contribuir a la universalidad de una generación de escritores extraordinarios que formarían el llamado "boom latinoamericano".
Admirador de autores como los británicos D.H. Lawrence (1885-1930) y Aldous Huxley (1894-1963), Fuentes consideraba pertinente la ficción para responder a las preguntas de cómo éramos y cómo seremos, y para conocer el mundo estando desprovistos de la racionalidad.
"Ni la ciencia, ni la lógica, ni la política nos darán una respuesta. Tampoco nos la dará la novela. Lo que hace la novela es plantear la pregunta de una manera equívoca, de una manera cómica, transgresiva que las otras disciplinas no nos permiten", llegó a decir.
A su obra narrativa el propio Fuentes la llamó la 'Edad del tiempo', e incluye títulos como 'Los días enmascarados' (1954), 'La región más transparente' (1958), 'La muerte de Artemio Cruz' (1962), 'Gringo viejo' (1985), 'La silla del Águila' (2003) y 'La voluntad y la fortuna' (2008), sobre la violencia ligada con el narcotráfico.
Entre sus ensayos destacan títulos como 'Cervantes o la critica de la lectura' (1976), 'Los 68' (2005), y 'La gran novela latinoamericana' (2011).
En 2008, el español Juan Goytisolo dijo que Carlos Fuentes logró junto con García Márquez y el resto de los llamados autores del "boom latinoamericano" "que entroncara de nuevo la literatura española con la modernidad" después de que España diera la espalda a la cultura universal durante siglos.
Para el crítico literario mexicano Christopher Domínguez, "la obra de Fuentes es el conjunto más complejo y variado de la narrativa mexicana", y en la misma estuvieron "todas las conquistas y tendencias de la literatura contemporánea".
Señala que "el desarraigo" es el punto de partida permanente de Fuentes, un escritor que llegó a describir su quehacer literario como una lucha de un boxeador con las palabras, a las que siempre trató de no dejarlas entrar en su acepción común y corriente.
Domínguez destaca entre toda su obra la novela 'Terra Nostra' (1975), "el único de sus libros que puede ser leído más allá del horizonte mexicano y la novela que lo sobrevivirá". De esa novela dice que está hermanada con 'Rayuela', de Julio Cortázar; 'Cien años de soledad', de Gabriel García Márquez, y 'Conversación en La Catedral', de Mario Vargas Llosa, y la considera el más alto exponente del "gran Fuentes".
Sobre la transición que comenzó en 2000 en México con la llegada al poder de Vicente Fox de la mano del conservador Partido Acción Nacional (PAN), Fuentes dijo que el mandatario "llegó con una ola de entusiasmo renovador que no se podía cumplir".
En ese mandato, que duraría hasta 2006, hubo, según el escritor, un "Gobierno holgazán" en México, que "dejó pasar el momento histórico" que le correspondía tras sacar al Partido Revolucionario Institucional (PRI) de 71 años consecutivos en el poder.
Entre los muchos premios que ha recibido destacan el Cervantes (1987), el Príncipe de Asturias de las Letras (1994), el de Biblioteca Breve por 'Cambio de piel' (1967), y el Nacional de Literatura de México (1984).
Además, se hizo acreedor a distinciones tales como la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío, otorgada por el Gobierno sandinista (1988); la Orden al Mérito en Chile (1993) y la española Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica (2008).
MÉXICO
EFE
Murió Carlos Fuentes, la palabra está de duelo
En Cuervo TV especial por Carlos Fuentes www.worldtv.com/cuervo_tv
Nació el 11 de noviembre de 1928 en Panamá debido a que su padre era diplomático.
Estudió en varios países americanos y en Suiza.Se graduó de Abogado en la Universidad Nacional Autónoma de
México. Escribió en la revista Medio Siglo. Fundó y dirigió con
Emanuel Carballo la Revista Mexicana de Literatura (1955-1958).
Entre sus obras, se encuentran:
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Los días enmascarados (1954)
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La región más transparente (1958)
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Las buenas conciencias (1959)
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La muerte de Artemio Cruz (1962)
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Aura (1962)
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Cantar de ciegos (1964)
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Chac Mool y otros cuentos (1973)
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Constancias y otras novelas para vírgenes (1989)
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Zona sagrada (1967)
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Cambio de piel (1967)
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Terra Nostra (1975
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La cabeza de la hidra (1978)
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Una familia lejana (1980)
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Agua quemada (1981)
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Gringo viejo (1985)
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Cristóbal Nonato (1987)
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La campaña (1990)
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El naranjo o los círculos del tiempo (1993)
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Diana o la cazadora solitaria (1994)
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La frontera de cristal, una novela en nueve cuentos (1995)
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Los años de Laura Díaz (1999)
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Todos los gatos son pardos
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El tuerto es rey (1970)
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Los reinos originarios
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Orquídeas a la luz de la luna (1982).
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lunes, 14 de mayo de 2012
Tres cuentos de Anabelle Aguilar Brealey
EL
MATARIFE
Pensaba que cuando
a mi padre lo llamaban matarife, era porque poseía un título nobiliario, o que
era algo así como un alarife.
Mi madre
lavaba los delantales que él usaba,
dándoles contra una enorme piedra que había a la orilla del riachuelo.
Cubiertos de sangre coagulada, dejaban el agua espumosa y rosada. El blanco de
la tela se iba percudiendo y al final, ella los tiraba a la pirámide de basura
que había en el patio de la casa. A veces papá usaba unos mandiles de cuero que eran más resistentes y que se limpiaban con un cepillo de cerdas de
metal.
Siempre
disfrutábamos en casa de carne fresca, recién muerta. No había en el rastro
matanza ritual, no se evitaban los dolores excesivos. A veces abrían un boquete
en el cráneo del animal, otras veces se le daban un cuchillazo en el medio de
los ojos, no sin antes usar el astil, para no fallar. Cuando se le perforaba la arteria, veíamos a
multitud de niños hacer fila con sus
padres, cada uno llevaba un jarro de peltre esperando a que brotara la sangre
para tomarla caliente y espesa, mientras la bestia movía la cabeza de un lado a
otro y parpadeaba, sin darse cuenta de
que enseguida la invadiría la
cadaverina. Papá nos decía que aquellos eran gente pobre y débil, que
consideraban a ese líquido un gran alimento. Nos aclaraba que nosotros no
teníamos esa necesidad, y que nunca
íbamos a pasar escasez mientras él estuviera.
No pasó mucho
tiempo y murió mi padre con el corazón reventado. Siempre decía que para
soportar la muerte había que estar borracho. Ese día tomó como nunca y allí
quedó con los botones de su camisa en la mano apretada contra el pecho y un
rictus en la boca.
Mis manos eran
pequeñas y ásperas pero más pequeñas eran las de mis hermanos. Tomé un balde y
me dirigí al matadero. Se rieron al verme. Me sentí como en la zona del
aturdimiento, pero con determinación pedí trabajo. El estómago del animal era
azuloso grueso y peludo por dentro. Los pelos de aquella panza eran de carne.
Estaban llenos de desechos húmedos y
malolientes. Metía mi mano entre ellos para expulsar lo más grueso. Entre mis
dedos quedaban a veces gusanos parásitos que me causaban repugnancia y miedo,
de noche eran el motivo de mis pesadillas. Después llenaba otro balde más
grande con agua de cal, echaba la carne y con un palo más alto que yo, daba
vueltas a aquella olla de pudrición, de derecha a
izquierda, durante horas. Mientras tanto entonaba muy fuerte la canción de la
hormiga con paraguas, aquella que salpicaba su falda en la fuente.
Cuando terminaba, mis enclenques brazos colgaban como los de una marioneta.
Sacado el tejido superficial con un
cuchillo pequeño y recto, quedaba la carne
como una tela de terciopelo de color crema pálido. Inodora estaba cuando
acercaba mi nariz. Más tarde la vendía de puerta en puerta, llevando en mi mano
el peso exacto de cada libra. Las mujeres de delantales pulcros salían con sus
centavos, agradecidas. No había nadie con un esmero como el mío por la
excelencia del producto.
Me alejé de la
carne cuando comenzó a producirme repugnancia y la velocidad con que el rodillo
sacaba la piel del animal hasta dejarlo despellejado me causaba desmayos. Hilo
ahora alfombras con diseños de pájaros y
de amantes, que reposan en jardines edénicos con datileros de colores armenios.
Son telas de una perfección inusitada que huelen a
perfumes orientales. Los puntos son diminutos porque aunque adulta, mis manos no crecieron nunca y dan
solo para eso.
FUERA
DE CONTEXTO
Sé que tengo que
ir, pero ahora no quiero. Por eso tomé el metro en la dirección contraria, no
fue a propósito, pero algo me funcionó mal. Me quedé ensimismada contemplando
al hombre que venía sentado al frente. Los pies demasiado juntos, las botas
excesivamente grandes y lustradas, la camisa blanca y abotonada hasta el
cuello. Llevaba entre sus manos un ramillete de florecillas silvestres de
largos tallos y un sombrerito negro y pequeño. Nadie lo miraba quizás por
vergüenza o porque no lo notaron. Demasiadas preocupaciones tendrían para
percibir a alguien así. Cuando anunciaron la próxima estación ambos nos paramos
asustados, nos bajamos y nos montamos en el tren correcto. Nos volvimos a
sentar de frente. “Seguro que las florecillas son para su novia o para su madre
muerta” -pensé.
En el andén
encontré a Cornelia anotando algo en su libreta,
el olor a grafito me recordó los días escolares. Desganada la saludé y subimos
con el sonido de unas escaleras mecánica oxidadas, hasta la selvática ciudad.
Avanzamos por la
avenida colmada de buhoneros y de autobuses que echaban humo. Los indigentes se
desperezaban en la acera. Una de ellas daba de comer a su perro, quien sacaba
tan solo la cabeza blanca y negra de
debajo de una cobija
deshilvanada.
Pasó un hombre con
un gorro de lana y guantes a rayas quien
como animal de carga tiraba de un
carretón con troncos de madera gruesos y
demasiado largos. Un uniformado lo paró para pedirle el permiso de
circulación, pero el hombre le explicaba algo, gesticulando muy molesto. El
uniformado tomaba nota y quería hacerle entender que en la ciudad no estaba
permitida la circulación de esos vehículos desde hacía cincuenta años, menos
con ese cargamento. Yo apenas podía oír debido a los gritos del tirano, quien trataba de convencer
a todos a través de la intensidad, el timbre y la altura de una voz deplorable.
Unos hombres
colorados lavaban las aceras y las calles con agua de cloro. Pensé que las
cosas estaban mejorando, lavarle la cara a la ciudad era un buen síntoma. En el
túnel subterráneo el olor a cloro era insoportable, pero no se oía la voz del tirano. Prefería asfixiarme en
cloro y tomé a Cornelia por un brazo sin
preguntarle siquiera.
Salí a la calle,
respirando a medio pulmón. Me vino a la mente que esas mismas calles las había
recorrido yo con un mar de gente. Mi corazón y mis zapatos hervían ese día de indignación. Después del primer acto se
cerró el telón y al abrirse, unos hombres nos dispararon tras una cortina de
humo. Desde aquel puente venían las ráfagas. Los francotiradores hacían su
oficio desde las azoteas donde algunos perros de guerra rugían con furia. La
sangre era verde y amarilla y estaba caliente. Los cuerpos corrían
despavoridos, pero algunos reían de muerte. El reloj no me dio la hora, pero
era casi el ocaso, la hora de la embestida. El telón se cerró de nuevo y yo
quedé detrás, sentada en el suelo, encima de restos de helado, sudor, orina y
excrementos. Yo, una muñeca de tela, rellena de paja, torpe y desvalida, participante de una guerra
donde no llevaba uniforme camuflado ni
bayoneta. Los organizadores acomodaron en el entreacto las bambalinas, también
cambiaron la música por otra que carecía del lirismo grave y poderoso;
inexistente también la armonía. Los magos tragaban sables, clavos y hojas de
afeitar. Un ilusionista transformaba a los criminales en héroes coloreando sus
cuerpos de dorado y coronándolos con hojas de
laurel. Los espectadores contratados, eran unos desventurados enanos
mudos que abrían mucho los ojos como queriendo hablar.
La voz del tirano
se oyó de nuevo por el parlante. Caminé sin rumbo. “Ya no eres la misma”-me
dijo Cornelia. “¿Adónde es que
íbamos?”- le pregunté yo.
No pretendía ser sabia, ni inocente, llevaba solo el dolor de existir, en medio de la violencia más atroz. Caminé por las avenidas una y otra vez con mis pies descalzos, llevaba una bandera blanca. Al principio, flores naturales adornaron mis brazos, olía yo a malva y a jazmín. Más tarde, telas de araña crecieron en mis palmas. Me senté en media calle sobre una esterilla, no me hacía falta el alimento. Sostuve con mis manos la foto de Gandhi, durante cinco millones ciento ochenta y cuatro segundos. Se burlaron de mí los mendigos desdentados y los niños de la calle, que hacían piruetas con fuego. Los carros me esquivaban, mientras los conductores me gritaban improperios.
ERRÁTICA
Se apagó el último
relámpago. La noche quedó oscura, ocurrió de repente, como la buena muerte.
Entonces salí, la tormenta había sido seca, persistente. Desconfío cuando no hay lluvia, porque con el agua todo es distinto.
No pretendía ser sabia, ni inocente, llevaba solo el dolor de existir, en medio de la violencia más atroz. Caminé por las avenidas una y otra vez con mis pies descalzos, llevaba una bandera blanca. Al principio, flores naturales adornaron mis brazos, olía yo a malva y a jazmín. Más tarde, telas de araña crecieron en mis palmas. Me senté en media calle sobre una esterilla, no me hacía falta el alimento. Sostuve con mis manos la foto de Gandhi, durante cinco millones ciento ochenta y cuatro segundos. Se burlaron de mí los mendigos desdentados y los niños de la calle, que hacían piruetas con fuego. Los carros me esquivaban, mientras los conductores me gritaban improperios.
Salieron las
cucarachas de las cloacas y el
estercolero circundó el río. A rastras me llevaron a la cárcel porque las
letras impresas que circulaban clandestinamente
enfurecieron al sanguinario déspota.
Ellos me hicieron tragar el pesado mercurio. Aplicaron torniquetes, hasta que
mis dedos lloraron. Pensaron que así gangrenarían mi ser y me dominarían.
Inconsciente me sacaron en un barco. “Mandemos a esta loca al mismísimo infierno” -vociferaron.
El infierno era desolado, anónimo. Me habían arrancado de cuajo de mi
querencia. Taciturna, sin patria, cantaba a solas la melodía de la misma canción. No había letras, menos palabras. El infierno era
frío, gélido. Los habitantes enfundados en abrigos,
caminaban como
sombras sin cabeza. Aquella mañana, mis cabellos recién lavados,
gotearon. Al cruzar la calle noté que mis rizos se habían convertido en estalactitas de hielo. Estas se quebraron,
cayendo con
estrépito en la acera, mientras mi cráneo
desnudo brillaba sin luz. Mi dedo índice corrió la misma suerte, después de ser
un sufriente crónico. Descansó seis meses en una caja de galletas vacía, hasta
que decidí enviarlo a mi familia para que lo enterraran. Ellos lo sembraron por
compasión y le echaron abono. En el primer invierno dio tallos con
movimientos geotrópicos. Más tarde
produjo flores de jacinto, de un color
ambiguo y estival. Ha sido por años el único testigo de mi pedazo muerto, el
único trozo repatriado, mientras que el resto espera.
¿Por qué no le
cortarán el dedo índice al tirano? El
siniestro índice. El dedo acusador con que señala a los disidentes, mientras
suelta baba su boca enorme. Eso sí sería
justicia.
*Anabelle Aguilar Brealey, escritora y poeta costarricense domiciliada en Venezuela. Autora de una amplia obra. De su libro Errática.
sábado, 12 de mayo de 2012
cómo engendrar varones
Los
ingeniosos inicios de medicina moderna (V)
Sobre el Examen de ingenios
para las ciencias de Juan Huarte.
por Jorge Majfud
En 1575 el doctor Juan Huarte había reunido en su
famoso libro las certezas científicas y otras opiniones de la época sobre cómo
engendrar hijos, sanos y con ingenio. Se sabía que “los hombres sabios
engendran ordinariamente hijos muy necios porque en el acto carnal se
abstienen, por la honestidad, de algunas diligencias que son importantes para
que el hijo saque la sabiduría del padre” (311). El saber popular también
aceptaba que los sabios engendraban necios porque no se entregaban enteramente
al sexo sino que se distraían (cur plerique stuli liberos prudentísimos
procrearunt): “¿qué es la causa que los más de los hombres necios engendran
hijos sapientísimos?” Huarte afrima que esto es ignorancia, porque el problema
está en el exceso de humedad en padres muy jóvenes (330). El sabio e ingenioso
tiene un hijo contrario cuando predomina la simiente de la mujer. Por eso,
cuando el hombre predomina, aún asiendo bruto y torpe, sale hijo ingenioso
(359).
La mujer sólo era “alimento” de la simiente, y para
que el hombre predomine en la gestación, el padre debía ausentarse y cocinar la
simiente (algo así como cocinar los huevos).
El científico español observa que los hombres
prudentes y sabios son vergonzosos. Por ello recomienda no orinar en presencia
de otro ya que en esto hay riesgo de retener “la urina”, lo que produce la
retención de la “simiento” (esperma) en los vasos “seminarios” (testículos).
Curiosamente, la autoridad filosófica de la Iglesia medieval, Aristóteles,
también había mencionado ciertas enfermedades de los hombres continentes (312).
Galeno, por ejemplo, pensaba que “el hombre,
aunque nos parece de la compostura que vemos, no difiere de la mujer, más que
en tener los miembros genitales fuera del cuerpo” (315). Huarte agrega que en
algunas gestaciones de hembras, a los dos meses el miembro se vuelca hacia
fuera y sale maricón.
La simiente debe ser caliente para procrear varón y
fría para mujer (316). Así como la tierra debe estar fría y húmeda para
sembrar, así debe ser la mujer para tener una buena cosecha, quienes además
tienen una particularidad biológica: “el miembro que
más asido está de las alteraciones del útero, dicen todos los médicos, es el
cerebro, aunque no haya razón en qué fundar esta correspondencia” (319).
Un siglo antes de Sor Juana en México, Huarte resiste
el mandato de San Pablo (que la mujer se mantenga callada) diciendo que si la
mujer tiene algún don sí podía enseñar. Tal vez para no ser acusado de impío,
cita a Judit (320). No obstante, aún las considera por lo común inferior al
hombre.
Probablemente la idea popular, expresión recurrente de
los estadios de fútbol, sobre las virtudes de “tener huevos”
(pobremente contestada con el paralelo femenino de “tener ovarios”) procede de
Galeno, según el cual los testículos afirman el temperamento más que el corazón
(324). La prueba es que los castrados se ablandan. Los vellos en los muslos y
en ombligo son la consecuencia del calor y sequedad de los testículos. Según el
griego Aristóteles, los calientes y secos salen feos, como los de Etiopía
(326), mientras los hombres fríos y húmedos son rubios, tienen el semen aguado
y no son buenos para reproducir (327).
Para saber si la mujer es estéril (según Hipócrates),
debe ponerse humo debajo de la falda y si siente el olor es porque está “conectada”.
Esta conexión se prueba también cuando una mujer se duerme con un ajo en el
útero y amanece con aliento a ajo. Entonces puede engendrar (327).
Ahora, la preocupación universal: “Los padres que
quisieran gozar de hijos sabios y de gran habilidad para las letras, han de
procurar que nazcan varones” (331). Vuelve a citar a Salomón, quien dijo que
entre mil varones hay uno prudente, pero entre todas las mujeres ninguna.
Huarte calcula que por cada varón que se engendra nacen seis o siete niñas
(333).
Pero ¿cómo lograr engendrar hombres? Fácil:
Porque el riñón y el testículo derecho son secos y
calientes, es necesario: (1) comer alimentos calientes y secos; (2) “procurar
que se cuezan bien en el estómago” (digestión); (3) hacer mucho ejercicio; (4)
no llegar al acto de la generación hasta que la simiente esté bien cocida y
sazonada; y (5) hacerlo cuatro o cinco días antes que a la mujer le venga la
regla (lo cual, tal vez, explica tantos embarazos milagrosos en la época)
(334).
Toda prescripción tiene sus riesgos: un exceso de
caliente y húmedo produce varones malignos. No se debe comer en exceso para que
el estómago no se fatigue, razón por la cual los ricos tienen más hembras que
los pobres. El vino hace que la simiente llegue cruda, sin cocer ni sazonar a
los testículos. Por eso también Platón aprobó que los cartagineses prohibieran
el vino para los esposos el día de la unión. (335).
El ejercicio seca la humedad y quita el frío.
Hipócrates decía que los hombres de regiones frías y húmedas tenían hijos afeminados
porque andaban a caballo y comían mucho; nada tenía que ver los sacrificios a
sus dioses, porque lo esclavos que los insultan son más potentes, y ellos se
debía a que hacían ejercicio y comían poco (337).
Ante todo no olvidar: para engendrar varón la simiente
debe salir del testículo derecho y entrar en el lado derecho del útero,
recomendación apoyada en Hipócrates y confirmada también por Galeno (343).
Si además de varón se quería un niño sabio había que poner
cuidado en la gestación. Huarte, como Platón, Aristóteles, Hipócrates y
Galeno, desestima la astrología y afirma que las acciones dependen de la
libertad de los hombres (343). Los filósofos griegos entendían que las
facultades se forman antes de nacer y no el mismo día de nacimiento, tan importante
para los astrólogos (343).
Prescripciones: (1) beber
aguas delicadas (más importante que el aire) y vino moscatel; (2) comer
manjares delicados a temperaturas templadas para hacer buena sangre (345); (3)
comer pan “masado con sal”, porque este es el mineral que mejor entendimiento
hace (la sal tiene “sequedad”); (4) comer cebolla, puerro, ajos, rábanos hace
hijos imaginativos pero faltos de entendimiento (347); (5) consumir leche de
cabra (348).
Según el médico español, este buen comer produce hijos
de buen entendimiento, “que es el ingenio más ordinario en España” (346).
Pero no todo era sexo y comida. Según Aristóteles, la
gran diversidad entre los hermanos se explica por las muchas imaginaciones que
tiene el hombre en el acto carnal; las bestias no, por eso se parecen a sus
padres (349). Huarte discrepa, porque el engendrar depende más del “ánima
vegetativa y no de la sensitiva y racional” (350).
Lo nuevo en Huarte es su independencia de lo
metafísico, aún cuando toma a la Biblia como autoridad científica: la causa es
un hecho natural y sus explicaciones son rigurosamente materialistas.
Lo nuevo en nosotros no es la ausencia de
supersticiones que harán reír a los habitantes del siglo XXV.
Jorge Majfud
majfud.org
último
libro: Crisis (novel,
2012)
A NOVA LEI DE
DIREITOS AUTORAIS E O LIVRO
E o impasse
continua. A nova lei de Direitos Autorais, projeto do Ministério da Cultura que
vem se arrastando há anos, voltou à baila, agora não mais se atendo à música,
como aconteceu há até bem pouco tempo, mas focando a literatura.
A legislação
vigente é de 1998 e protege os textos de obras literárias, científicas,
conferências, sermões, ilustrações, cartas geográficas, músicas, desenhos,
pinturas, esculturas e arte cinética. Não é possível fazer cópias de livros
inteiros, apenas capítulos ou páginas. O que não é respeitado, evidentemente,
porque os livros que os universitários precisam, por exemplo, são muito caros,
então a saída é copiar, fazer “Xerox”.
A nova
proposta da lei de Direitos Autorais, elaborada pelo Ministério da Cultura, já
foi disponibilizada à consulta pública, mas está encalhada no Congressos, que
precisa aprová-la para passar a vigir. Esta nova versão da lei prevê a
possibilidade cópia do livro na íntegra, para “uso privado”, ou seja, a
duplicação de uma obra para estudo será legal.
A pirataria
não chegou aos livros, ainda, aqui no Brasil, mas a lei pode provocar a sua
aparição. É bem verdade que os livros, por aqui, são muito caros, que nem todo
estudante pode comprá-los, mas a pirataria de obras literárias não seria nada
bom para os autores brasileiros, que já ganham parcos 10 por cento pelo seu
trabalho. Todo mundo ganha com a sua criação – editores, livreiros,
distribuidores – só o escritor ganha o mínimo.
Pirataria de
livros, para quem não sabe, é a produção de livros – impressão em fac-simile, na
verdade – para ser vendida como se vende os DVDs de filmes: por baixo dos panos
e mais barato. Em outros países isso já existe. As edições piratas são tão
caprichadas quanto as originais, inclusive.
Então
finalmente o foco da lei dos direitos autorais recaiu sobre os livros, mas não
há muita esperança de que o estado de coisas atuais mude alguma coisa. A verdade
é que a realidade digital dos livros – e-books, textos jornalísticos, obras
publicadas em blogs, etc. – não foi contemplada na nova lei.
E o livro
digital é uma realidade, queiramos ou não. O livro impresso, como conhecemos até
agora vai continuar, ainda, por muito tempo, mas o livro eletrônico está
conquistando espaço. De maneira que deveria ser contemplado, também, nessa nova
Lei de Direitos Autorais, tão polêmica e tão inócua, antes mesmo de começar a
valer.
viernes, 11 de mayo de 2012
Ensayos para el combate político
"Ensayos para el combate político" Tomo II de las Obras selectas de Teódulo López Meléndez
jueves, 10 de mayo de 2012
La medida del otoño
LA MEDIDA DEL OTOÑO, por
Alejandro Maciel, de Corrientes, Argentina
“Y en mitad de la siesta se levantará el
Bien, y será como la mañana. Y te acostarás y no habrá quién te espante. El ojo
del malvado se consumirá y su esperanza será agonía del alma”. Job 11: 17-20
Vinieron cuando la luna cortaba el paso de
las casuarinas. Yo les dije que de todas formas ustedes iban al galope, porque
la tierra martillaba de caliente cuando me acosté a pensar que podía dormirme.
Vas a cerrar los ojos, vas a rezarle a la Virgen y así hasta quedarte dormida,
me dije. Pero los sueños son enemigos de los pensamientos.
Y
esa noche todo lo que me habían contado de esos días del otoño volvía una vez,
otra vez, ya se iba perdiendo en la lejanía pero no, otra vez volvía y volvía
la misma vieja historia. Es hora de apagar el candil, dijo mamá que ya puede
soñar desde que dejó que las cosas vinieran o se fueran según sus antojos, hay
que ver que algunas cosas son caprichosas. Para mamá, todo era lo mismo. Hace
tiempo dejó de pelear con las desgracias. Una debe de llegar a vieja muy
cansada en este pueblo resignado.
No pude ver los caballos
cuando ustedes se despidieron pero supe que galoparon sin cansancio en el
retumbo de la arena todavía caliente desde que el sol de enero no paró de
quemar un solo día, nunca termina de caer la luz quemada en las siestas de
enero. Ya pasaron dos meses y sigue quemando, sigue latiendo de llamaradas
aunque no se vean, se sienten quemándose. Yo les dije que ni aunque galoparan
toda la noche sobre esa arena erizada podrían alcanzarlos. Uno de ellos me
dijo: La distancia se acorta de noche. No sé cuál de ellos, eran muchos. Yo
salí a mirar y en el callejón la arena seguía latiendo de calor a pesar de los
cascos marcados como ojos oscuros. Todos tenían tacuaras y banderas rojas que
ondeaban. Banderas rojas y tacuaras altas, ya sabrían ustedes lo que es ver esa
revoltosa a medianoche y más si hay luna que quema como si estuviera el sol. De
noche no pude ver mucho pero no hay necesidad de ver el rojo, se presiente
porque donde está el rojo hay violencia, la sangre es roja y sin verla una ya
sabe cuando está escapándose por una herida. El fuego es rojo. El otoño es
rojo.
Isabel me acompañó hasta
la capilla en la mañana. Otro se acercó al que comandaba y le dijo “está
mintiendo, deben haberse escondido en algún sitio acá cerca”. Miraba el pasto y
escupía mientras el caballo mordía el freno, inquieto en esa noche pesada. El
otoño es rojo, Ventura no estaba en la casa, el sol seguía derritiéndose en el
aire encerrado porque mamá había atrancado puertas y ventanas y el olor dulzón
del jazmín se esparcía por la casa oscura.
Cuando guardaba las
cobijas de invierno mamá dijo: Todo se está volviendo viejo aquí. No me dijo ni
a mí ni a nadie, habló para convencerse ella misma, el olor de los jazmines se
volvió ruinoso, cuando mamá hablaba de tristezas nombraba muy despacio, apenas
se podía escuchar lo que decía como si el tiempo también desgastara las
conversaciones que también se van avejentando, una se acuerda entonces que los
sueños no envejecen y entonces sueña mucho, envejece soñando como sucedió con
mamá.
Tal vez por eso no pude
saber quién eras cuando viniste esa misma noche, solamente supe que venían
huyendo porque los cuerpos les sudaban el miedo. Yo misma tuve miedo y no dormí
pensando que después del sol de marzo vendría otro otoño y el olor de los
jazmines seguiría descomponiéndose en el aire escaldado. En el camino hacia mi
casa el olor a los jazmines hacía presentir cosas desgraciadas, Isabel caminaba
molesta, casi no miraba por donde íbamos las dos.
Desde entonces no me
gusta escuchar galopes de noche. Suenan como un corazón a punto de quebrarse,
se llena de pena el pecho con ese ruido hueco, se presienten muchas cosas. Mamá
quedó dormida en la mecedora seguramente, cerca de la alcuza. Seguramente por
eso no supo lo que pasaba, Isabel corría al ver la humazón. Cuando más
corríamos, más nos desesperábamos. Tuvo que forzar la puerta para entrar,
llorando me arrastraba para buscar a mamá entre el humo que nos abrazaba,
encontramos a mamá en la sala, todo ardía y las llamaradas atravesaban las
paredes, se prendían a los travesaños como gatos enfurecidos, bajaban por los
horcones hasta que todo cayó sobre nosotras: una lluvia de llamas.
En el techo se abrió una
boca de fuego y más allá, los pájaros barriendo el cielo del atardecer: todo
rojo. Las llamas rojas. El otoño rojo. El fuego subía, se lo podía sentir
hirviendo en la sangre, los pastizales parecían muy viejos desde la ventana,
ocres, ásperos como el viento del atardecer.
Supe que nunca pudieron
alcanzarlos. Que iban a contratiempo. Mejor, así han de creer que ustedes
todavía viven. Yo misma no me resigno a creer la verdad envuelta en
el humo y el olor de jazmines como estoy. Y todavía creo que después del sol de
marzo ha de venir de nuevo el otoño rojo como este atardecer que se desvanece
mientras retumban los caballos de la siesta sembrando los redondeles de las
pisadas que siempre se alejan. En este pueblo nadie vuelve, todos se van detrás
de ustedes.
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